Genius identifica el “self-rating” digital como instrumento de progreso de la Humanidad

 

 FIRMA INVITADA: JAVIER FERNANDEZ ALEN

 

 En esta nueva y última sátira estival les presentaré a un nuevo personaje que nos ofrece una historia ejemplar de indudable interés humano. Se trata de Eugenio Sanchez (Genius, en el mundo digital) y se preguntarán ustedes: ¿quién es Eugenio Sanchez? Pues estamos ante el primer y más aventajado discípulo de Logius, aquel líder digital cuya asombrosa historia pueden encontrar relatada en las entradas de este blog de los pasados días 13 y 20 del mes en curso. Pero si la historia de Logius (Eulogio Pérez, en el mundo no digital) ya era de por si admirable en su progresión hacia el éxito; la de su discípulo Genius (Eugenio Sanchez, en el mundo no digital) la supera con creces y redobla la sincera admiración que suscita en los millones de seguidores que inundan las redes en búsqueda ansiosa de sus pensamientos e ideas (cuando los encuentran). De hecho, la ventaja de Genius frente a su maestro -que muestra un primer signo de inteligencia creadora en el personaje-  comienza desde el momento de la elección de su nombre artístico-digital porque, siendo Genius un nombre también de raíz clásica latina, tan apreciada por los centros de la inteligencia digital anglosajona y por los hispanos que la imitan; mejora en mucho su contenido frente a Logius porque no solo es igual de eufónico sino que, además, apunta a un contenido de genialidad que integra y supera la lógica formal.

 Pero, dejemos de demorarnos alabando el nombre de Genius cuya elección fue la primera muestra del brillo que anunciaba el sujeto y entremos sin tardanza en la historia asombrosa y ejemplar del viaje que hizo a Nueva York para cursar un Master sobre “self-rating” o auto-calificación digital en una de las principales agencias de calificación crediticia que, desde la Gran Manzana, guían, desde hace ya muchos años, con sus luces cegadoras como faros en la niebla los mercados financieros internacionales y locales.

Es forzoso empezar por aclarar el origen de aquel viaje iniciático que, como siempre sucede en estos casos, fue fruto de una revelación. Una buena mañana, hablando Genius con su maestro Logius en su departamento universitario, criticando o, lo que es lo mismo, ensalzando los defectos de sus compañeros y compañeras, todos ellos muy queridos y apreciados; el maestro le dijo al discípulo: “a todo el mundo le gusta que le califiquen bien, aunque tenga que pagar por ello”. Pues bien, de ese comentario común e incluso banal que hubiera pasado desapercibido si hubiera caído en tierra yerma, Genius dedujo una idea genial propia del terreno fértil que sustenta su cerebro. La idea de acudir a Nueva York a cursar el carísimo Master de “self-rating” del que ya tenía alguna noticia.

Debemos dejar constancia de la primera dificultad que debió de vencer Genius nada más llegar a las oficinas de la agencia de calificación crediticia sitas en Manhattan para matricularse en el Master de “self-rating”. Y este primer obstáculo surgió cuando Genius -a pesar de vestir sus mejores galas con un traje impecable de corte italiano- comprobó cómo la amabilísima oficinista de admisión se empeñaba en darle el impreso de contratación de trabajadores manuales (contratados para tareas sin duda vitales para la agencia e incluso saludables para los propios trabajadores como la limpieza, la alimentación, el trasporte de objetos a pie o en bicicleta,  etc.) quizás guiada por su corta estatura ibérica, su tez morena típicamente latina  y su pésimo acento inglés-americano cultivado al borde mismo del río Manzanares. Pues bien, sin que esta pequeña humillación hiciera mella en la moral de Genius (experto en resiliencia adquirida en tantas horas de enseñanzas de liderazgo de su maestro Logius) y tras un largo rato de educada resistencia, logró que le dieran el impreso de matrícula para el ansiado Master.

El Master nace de la idea esencial ínsita en el comentario que hizo Logius a su discípulo Genius (“a todo el mundo le gusta que le califiquen bien, aunque tenga que pagar por ello”) que las mentes poderosas de los consultores de la agencia de rating neoyorquina potenciaron hasta construir un producto y un método infalible que consiste, esencialmente, en que cada persona u organización se califica a sí misma (favorablemente) y, a cambio de una módica suma de dinero, cuelga en la red, mediante un sistema de registros descentralizados y administrados por la agencia de rating, sus propias calificaciones favorables.  De tal manera que el método de “self-rating” es, además, perfectamente congruente con la más moderna tecnología de registros distribuidos (blockchain) y con la criptoutopia boricua a la que ya nos hemos referido en la entrada anterior porque descansa en la confianza recíproca de quienes participan en la red que van avalando, de forma descentralizada, la calificación que de sí mismo va colgando cada sujeto o entidad y coadyuva de esta manera a construir una nueva democracia digital asentada en los principios de descentralización, transparencia y accesibilidad.

Además, el método es de muy amplio espectro y, por ello, es útil para los particulares y para las empresas.

Para los particulares, porque supera -al descentralizar y democratizar- las experiencias de rating humano habidas, por ejemplo, en algunas ciudades chinas, a la que nos referimos en otra de nuestras entradas furtivas en este blog ajeno, en concreto, en la de 5 de enero de 2018 que titulábamos “rating humano, partidos políticos, bancos y aseguradoras: ¿Un mundo feliz?”. Y decimos que el “self-rating” supera estas experiencias porque es manifiesto que nadie se conoce mejor que uno mismo y, por eso, puede calificarse de manera óptima no sólo por precisa sinó también por positiva.

Pero decimos también que el método del “self-rating” es magnífico para las empresas e incluso para los mercados financieros en general porque permitirá dejar atrás las experiencias desastrosas de las calificaciones crediticias óptimas que concedieron algunas de las principales agencias de rating, durante la crisis financiera, a empresas que se declararon en quiebra de forma inmediata. Y decimos que el “self-rating” empresarial permitirá superar episodios tan tristes porque las empresas se autocalificarán de manera óptima, concediéndose las máximas calificaciones de triple AAA; las agencias de rating recibirán, validarán y publicarán en una red de registros descentralizados y base algorítmica aquellas calificaciones; y los mercados financieros experimentarán un progreso ilimitado, propio del futuro digital óptimo que nos aguarda. Y, en las escasas ocasiones en las que los ahorradores vean que sus inversiones realizadas mediante monedas fiduciarias clásicas o modernas criptomonedas pierden gran parte de su valor o incluso se volatilizan, nada ocurrirá como nada ocurrió ante episodios semejantes acaecidos con ocasión de la crisis financiera de 2008. No aparecerá responsable alguno de tales fraudes y el dinero -fiduciario o digital- seguirá la conocida ley de la termodinámica financiera porque no se creará ni se destruirá, sino que se transformará pasando de los bolsillos de los ahorradores desinformados a los de los líderes financieros sobradamente informados.

Menos mal que, al final, ante tanto progreso, felicidad e inteligencia digital encontraremos la debida prevención -al tiempo que consuelo– una vez más, en la Biblia (libro viejo y sospechoso de no ser progresista) para leer en Proverbios (26.6), con ocasión de la pregunta: “¿qué pensar del necio?” el siguiente: “quien despacha los negocios por medio de un tonto, es como el que se corta los pies y padece daño”. Y concluir, en el Eclesiastes (5.14): “Desnudo como salió del seno de su madre, así volverá para ir como vino, sin recibir nada que pueda llevar en su mano”. Y el que tenga oídos, que entienda.