¿Siguen volando los burros? De masters, cátedras y universidades

Firmas invitadas: Javier Fernandez Alén y Victor Costas Seoane

Abusando, una vez más, de la hospitalidad y de la paciencia del anfitrión de este blog y aprovechando la ocasión que nos brinda un día tan señalado y sugerente para la sátira como el de los Santos Niños Inocentes; presentamos al respetable auditorio esta entrada redactada “a cuatro manos” porque trata de aspectos que conocemos bien –por haberlos sufrido y continuar sufriéndolos- quienes la suscribimos. En efecto, esperamos decir algo interesante sobre ese terreno pantanoso en el que se cruzan la universidad y la abogacía. Por ello, seguimos la senda de inspiración pollinácea que iniciamos con nuestra entrada –furtiva- del pasado 29 de noviembre de 2017 titulada “¿Vuelan los burros? Informes que justifican lo imposible”.

 

Debemos comenzar constatando que la revolución docente en la enseñanza superior que implicó el famoso Plan Bolonia (nunca hemos llegado a comprender porque la Diosa Fortuna quiso anudar el nombre de la bellísima cuidad italiana a tan infausto acontecimiento) ha tenido dos consecuencias sobre nuestra educación superior, al menos, en la jurídica:

a) La primera es la “jibarización” del conocimiento porque los programas de las asignaturas han debido comprimirse para encajar lo que se enseñaba en cinco años dentro de cuatro, ignorando los expertos pedagogos que los diseñaron el pequeño pero evidente detalle de que el cerebro humano es semejante a un campo de labranza que, cuando recibe demasiada agua en poco tiempo, se anega y no la absorbe. Del mismo modo, el tiempo es un factor necesario para que la maduración del intelecto juvenil permita la comprensión de algunas materias particularmente complejas. Aun cuando conviene no quejarse en demasía de esta jibarización de la inteligencia porque nos ha permitido, por ejemplo, explicar esperpentos aparentemente incomprensibles como la conducta de parte de la clase política en unas recientes elecciones autonómicas.

b) La segunda consecuencia es la privatización de la enseñanza pública al menos en parte porque la mutación del último curso en forma de master ha situado en condiciones del mercado privado –y, desde este punto de vista, cabe decir que ha “privatizado”- una parte de la enseñanza pública. Por no añadir que el “numerus clausus” del acceso a estos masters de acceso a la abogacía obliga a alumnos de la universidad pública a acudir a los masters que ofrecen las múltiples universidades privadas con el coste añadido y el poderoso señuelo de bolsas de trabajo garantizadas por las entidades que las patrocinan.

 

Dicho lo anterior, nos parece, una vez más,  que un buen sistema expositivo –de raíz evangélica- es el relato ejemplar y, por ello, relataremos el siguiente caso paradigmático (o, dicho en jerga más moderna, “leading case”):

Un buen día, dos prestigiosos profesores universitarios y dos afamados abogados, cansados de ver como proliferaban los masters jurídicos que proporcionaban jugosos emolumentos a sus promotores y queriendo mejorar sus economías domésticas; tuvieron la feliz idea de unir sus fuerzas mentales para promover una iniciativa ilusionante consistente en crear una universidad que pudiera unirse a la vertiginosa competencia en la carrera formativa para juristas. Para ello, acudieron a la Consultora Académica Jurídica Abierta (CAJA), entidad de talante progresista especializada en el asesoramiento en tan novedoso campo. Y CAJA le entregó un Informe detallado para presentar ante la temible Comisión Homologadora y Evaluadora de los Criterios Académicos (CHECA) con las iniciativas siguientes:

a) El nombre de la nueva universidad tenía que ser eufónico a impactante, por lo que se recomendó el de Universidad Total (para enfatizar su amplio espectro epistemológico) Trasatlántica (para subrayar su vocación internacional), en acrónimo UNITONTA. Su ideario debía ir sazonado, cuando menos, con los siguientes términos: innovación, empoderamiento, emprendimiento, digitalización, internacional, etc.

b) Deberá crearse en su seno una Cátedra de la Empresa Dinástica (la CEDI) por cuanto resulta evidente que la denominación de las Cátedras de Empresas Familiares al uso no refleja la riqueza de la línea del genoma ni las leyes de Mendel que tanto influyen en el éxito empresarial y de los abogados que asesoran a esas empresas. Para ocuparla, el candidato idóneo era el profesor Ramirez, de bien ganado prestigio de profundo a fuer de inexplicable; porque, al no entender nadie sus explicaciones, gozaba de la presunción de brillante ya que era evidente que la culpa pendía sobre quienes no entendían las ideas alojadas en las profundidades abisales de su cráneo, cuando -en un acto supremo de generosidad- se dignaba en exponerlas a sus alumnos.

c) Debe ofrecer un Curso de Coaching Jurídico (el CUCOJU) centrado en proporcionar a los nuevos abogados las herramientas necesarias para consolidar su autoestima profesional y su resiliencia ante los fracasos inevitables en la profesión. Por ello, el lema del CUCOJU será el conocido dicho que ha fortificado la conciencia profesional de tantos letrados ilustres y que, a modo de moderno Oráculo de Delfos, dice: “Gana los asuntos como propios y piérdelos recordando que son del cliente”.

d) Debe ofrecer también un Master de Asesoría Jurídica Universal (el MAJU) que –además de beneficiarse de la eufonía norteña- deberá enfatizar la vocación de servicio jurídico integrado que debe inspirar a todo despacho de abogados del siglo XXI. Su claustro de profesores debe estar poblado de jóvenes promesas de la abogacía que, ante todo, empaticen con los asistentes para poder crear, de este modo, una suerte de economía colaborativa del conocimiento guiada por el principio: “Pongamos en común nuestras ideas” o “compartamos nuestra ignorancia”, por cuanto es bien conocido que la ignorancia es siempre enciclopédica, porque abarca todos los saberes.

e) Otro punto esencial del proyecto de la UNITONTA debe ser la Asociación de Financiadores del Alumnado (la AFA) destinada a facilitar el compromiso en el proyecto educativo a los progenitores del alumnado y cuya denominación, además de centrar el papel esencial de aquellos, permite evitar la alargada sombra del patriarcado y del matriarcado, siempre dispuestos a limitar la inasequible riqueza de las relaciones humanas. Esta AFA jugaría un papel determinante a la hora de revisar, por una parte, las calificaciones del alumnado para evitar estigmatizaciones nocivas de quienes, por una u otra causa, no encontraran en su apretada agenda tiempo de estudio; y orientar, por otra parte, los criterios pedagógicos del profesorado en sentido aritméticamente ascendente. La AFA también tendría un papel esencial en la preparación de los actos –anuales, mensuales o semanales- de entrega de premios y diplomas que deberían revestirse de toda la pompa y circunstancia necesaria para visualizar la magnificencia de la UNITONTA.

 

Pues bien, sepa el lector que el proyecto se presentó a la Comisión señalada, la UNITONTA se autorizó y, desde hace varios años, enriquece con un notable éxito de crítica y público, el muy amplio y riquísimo menú de centros de enseñanza superior de nuestro país.