¿Cómo se sale de esta habitación? Informes al peso

Firma invitada: Victor Costas Seoane

 

Permítanme que me presente: soy Victor Costas Seoane, abogado veterano que, desde hace ya bastantes años (más de los que me gustaría) ejerzo mi profesión en el antiguo Reino de Galicia, en donde hace algún tiempo conocí al anfitrión de este blog que ha tenido a bien cederme un espacio en el mismo para que, de vez en cuando, pueda dar cuenta de algunas experiencias de la abogacía que pudieran ser de interés para el distinguido auditorio de este blog en general y, en particular, para los jóvenes que pueblan los numerosísimos masters de acceso a tan digna profesión y que viven ilusionados con comenzar su práctica.

Y debo empezar por relatar una experiencia asombrosa que viví hace años, cuando se produjo una eclosión en nuestra tierra de la consultoría en general y de los bufetes internacionales en particular. Y digo asombrosa no por extraordinaria sino porque produjo mi asombro que -como se sabe desde los sabios griegos- es la antesala que incita al conocimiento.

Recurriré a la técnica del relato ejemplar para ilustrar mi mensaje:

 

“Un buen día, un organismo estatal, por razones propias de las administraciones públicas que, en ocasiones, tienen razones que el corazón no entiende, si no es por la sombra alargada de la corrupción; necesitaba contar con la opinión de un arquitecto o urbanista experto para determinar de forma incontestable cual era la forma más eficiente de salir de una determinada habitación sita en sus instalaciones.

El director general del organismo se dirigió a un experto en urbanismo ofreciendo -por la elaboración del imprescindible informe-  unos emolumentos de 10.000 euros, dada la importancia y complejidad del encargo.

 El experto, llevado por una inocente capacidad de síntesis, a los pocos días le entrego un folio que solventaba el asunto diciendo:

 “La forma más eficiente de salir de la habitación de referencia consiste en  levantarse de la silla en la que estuviera sentada, en su caso,  la persona precisada de salir; dirigirse a la puerta, asir el picaporte, girarlo en la dirección correcta y, una vez abierta la puerta, atravesar el umbral de la habitación para acceder al exterior”.

 Añadiendo, en un gesto de honradez inaudito, que valoraba su trabajo en 500 euros, por la reunión preparatoria y el desplazamiento consiguiente.

 Recibido el informe por el director general del organismo, llamó de inmediato al experto en urbanismo para alabar su capacidad de síntesis y su desprendimiento monetario. Sin embargo, le mostró que sería más interesante para todos que reflexionara con mayor profundidad sobre la extensión de su informe y sobre los emolumentos pactados que incluso podrían doblarse hasta alcanzar los 20.000 euros porque era claro que la dimensión del encargo exigía la colaboración de un joven estudiante de arquitectura que era, casualmente, un sobrino carnal del director general (¡cuán útil es la familia para realizar todo tipo de trapacerías financieras y cuán importante es la figura del sobrino para la delincuencia financiera!).

 Dado que el experto era algo inocente –rasgo este propio de los sabios despistados- pero no era en absoluto tonto, captó de inmediato el mensaje que le habían remitido y decidió “alinear” sus intereses económicos con los del director general y su familia próxima. De tal manera que se retiró a un convento a reflexionar  con la profundidad que el caso requería y, al cabo de varias semanas, remitió al director general un informe de 100 páginas, lujosamente encuadernado, ordenado en 6 capítulos y provisto de su correspondiente índice que señalaba:

 

En su capítulo 1, titulado ¿Por qué quiero salir de esta habitación? Exponía de forma exhaustiva las diferentes motivaciones psicológicas, fisiológicas e incluso espirituales que podían mover el ánimo del sujeto para salir de la habitación.

 En su capítulo 2, titulado ¿Qué vías de salida puedo tomar para salir de esta habitación? Exponía de forma igualmente exhaustiva las diferentes vías, tales como la ventana, la pared, el techo o la puerta para ir descartando una a una  (por ejemplo, la ventana quedo descartada de inmediato ante la seguridad de partirse la crisma con los cortes provocados por el vidrio) y concluir que la puerta era la idónea.

 En su capítulo 3, titulado ¿Qué riesgos debo evaluar para decidir mi salida de esta habitación? En él abordaba con ingenio notable los diferentes riesgos que implicaba cada vía de posible salida (por ejemplo, daba cuenta del seguro traumatismo craneoencefálico que comportaría un contumaz intento de salir por el techo sin fracturarlo previamente) para concluir, de nuevo, que la puerta era la vía idónea para salir de la habitación.

 En su capítulo 4, titulado ¿Qué haré con mi vida tras salir de esta habitación? Trataba con la profundidad necesaria el destino vital del sujeto, una vez abandonada la habitación.

 En su capítulo 5, titulado ¿Qué sucederá si decido finalmente no salir de esta habitación? Solventaba el punto crítico del eventual arrepentimiento del sujeto y las posibles consecuencias –incluidas las religiosas- sobre su conciencia.

Y, por último, en su capítulo 6 ofrecía las conclusiones enjundiosas que sacaba del estudio realizado que se resumían en una: la puerta era la vía de salida no solo idónea, sino la única factible sin riesgo de grave lesión para el sujeto precisado de salir.

 

Una vez entregado el Informe por el experto al director general, este se dio por satisfecho, el organismo pago los merecidisimos honorarios de 20.000 euros a su autor, quien, a su vez, recompenso al joven estudiante con una generosa -al tiempo que justa-  participación del 50% de lo cobrado, participación que probablemente fuera compartida, a su vez, con su generoso tío, dadas las épocas navideñas en que nos encontrábamos y el espíritu solidario que en esas fechas inunda las familias.

 Y todos quedaron satisfechos del Informe realizado, salvo un modesto funcionario del organismo receptor que se preguntó por la finalidad real de todo aquel lío y que, tras hacer pública su extrañeza e incluso articularla como denuncia, fue destinado a otro puesto peor remunerado pero más acorde con su escasa visión de futuro”. 

 

P.D.: Animo al amigo lector a que identifique cuantos de estos informes excesivos en su extensión, inútiles en su contenido, pero magníficamente retribuidos  ha visto en los muy diferentes ámbitos de la vida social  administrativa y profesional.