¿Quién llama a mi puerta? Elogio y refutación de la “conference call”

 Firma invitada: Victor Costas Seoane

 

Abusando, una vez más, de la generosidad del anfitrión de este blog -movida, sin duda, por razones de paisanaje galaico- vuelvo a dar cuenta de una experiencia de la práctica de la abogacía con el deseo ferviente de que resulte de interés para mis compañeros de profesión en general y, en particular, para los jóvenes que pueblan los numerosísimos masters de acceso a la abogacía y que esperan con ilusión comenzar su apasionante práctica. Sigo, pues la senda iniciada con la entrada del pasado día 5 de los corrientes titulada “¿Cómo se sale de esta habitación? Informes al peso”; en la que se podría incluir también la entrada del pasado 29 de noviembre de mi vecino precarista en este blog, Javier Fernandez Alén titulada “¿Vuelan los burros? Informes que justifican lo imposible”. Y ello porque la lectura de muchas demandas y recursos hacen sospechar que gozan de una inspiración pollinacea.

En este caso, el objeto de esta entrada es la llamada colectiva o en serie conocida con el barbarismo de “conference call”. También en esta ocasión debo empezar por relatar una experiencia sorprendente que viví hace años, cuando se produjo una eclosión en nuestra tierra de los bufetes homologados internacionalmente. Trabajaba yo como contacto local de una gran firma de abogados neoyorquina que había sido contratada para defender los intereses de la empresa Marisquerías Tailandesas (ubicada, como cabe deducir de su denominación social, en un pueblo del interior profundo de Galicia), frente a una demanda interpuesta en los Tribunales del Sur de Manhattan por una empresa norteamericana. En el pleito intervinieron varias firmas de abogados implantadas tanto en los EEUU y como en Europa.

El motivo de mi sorpresa inicial (volvemos a la sorpresa como incitación al conocimiento) fue la reiteración de llamadas colectivas en las que entraban diversos compañeros y compañeras ubicados en Europa y Norteamérica y que, pudiéndose solventar en algunos minutos, tardaban horas y horas de animada conversación intracomunitaria y trasatlántica. En mi inocencia cuasi rural presuntuosa atribuí esa duración manifiestamente excedentaria a una mala gestión de los tiempos por los intervinientes hasta que, por diferentes razones, accedí a las minutas que la firma norteamericana pasó al cobro a la empresa Marisquerías Tailandesas. Porque, entonces y sólo entonces, como San Pablo a la entrada de Damasco, caí derribado del caballo de mi ignorancia profesional y vi la luz al contemplar las partidas por las horas de conversación –que desde esta perspectiva valoré como sin duda necesarias- en aquellas “conference calls” que, por su facturación horaria, parecían haberse mantenido con teléfonos dorados.

Pasados unos años, completé mi conocimiento profundo de estas llamadas colectivas  a raíz de un caso -inicialmente desgraciado pero finalmente afortunado-  de un joven abogado relacionado con las “conference calls” y la facturación horaria que quiero traer a colación ahora como advertencia contra los excesos de estas prácticas profesionales por lo común útiles ya que ahorran desplazamientos costosos e inútiles. Según cuento, un joven abogado recién fichado por un despacho del mayor prestigio internacional con varios miles de letrados y letradas a su servicio en muy diversos países comenzó a ver nublada su inicial alegría derivada de lo que consideraba su rápido acceso al Olimpo de la abogacía por las exigencias crecientes de facturación horaria que los socios de la firma le exigían para confirmar su trayectoria ascendente. Ello le condujo a practicar con enorme generosidad y perspicacia la práctica de las “conference calls” hasta el punto de satisfacer sobradamente aquellas exigencias de facturación horaria.

Pero su sana  ambición le llevó a desviar su recto camino por una pendiente deslizante en la que comenzó por facturar horas de conversación telefónica –con las más imaginativas coartadas- a sus clientes, para seguir con sus compañeros de firma, a quienes imputaba horas de conversación transdepartamental y acabar con un grave trastorno de la  personalidad que le llevó a apuntar en sus hojas de reporte las horas, los minutos e incluso los segundos de conversación semanal con sus amigos e incluso con su madre viuda y residente en otra localidad.

Naturalmente, el joven letrado acabó siendo despedido ante las quejas de los clientes de la firma que consideraron divertidas, pero abusivas, aquellas “conference calls”. Pero, como los designios del Señor son inescrutables, acabó siendo fichado, a la vista de su facilidad comunicativa telefónica, por una firma de telefonía móvil de la que ahora es un alto directivo.

En todo caso y sin perjuicio de este final feliz, sirva esta historia verídica –o, cuando menos verosímil- de advertencia frente a los excesos de locuacidad interesada.